Mis niños
Posted on | abril 13, 2011 | No Comments
El edificio tiene dos plantas, no está pintado, y es gris. Lo veo cada mañana, en mi camino a la oficina, cuando el ómnibus, lo deja atrás en uno de los tramos más veloces y menos populares de la carretera. Siempre me ha extrañado el enorme cartel, pintado con letras azules en toda la fachada del segundo piso:”NIÑOS, AQUI”. Le he preguntado a los pasajeros, ninguno sabe.
Algunas veces, cuando aún es temprano y un poco de noche, he visto una sombra apresurada y a contraluz en alguna ventana, en esos momentos casi he oído voces infantiles, aunque seguramente estoy sugestionado.
Cada noche, de regreso, las ventanas siempre están apagadas.
Si esto fuera un relato, me bajaría un día del ómnibus, por la mañana, cuando las ventanas están encendidas, tocaría la puerta para pedir alguna dirección, o inventaría otra escusa. Sobre la marcha lograría que me hicieran entrar, descubriría pasillos silenciosos y un habitante solitario e impaciente, deseoso de que mi pretexto caduque, y lo deje seguir… con lo que sea que haga. Finalmente, justo en el umbral, de salida, reuniría mi valor para la pregunta real: ¿Por qué tiene ese cartel en la fachada?
Aquí se me ocurren varios resultados a mi pregunta, uno preferible sería que me responda: ¿Qué cartel? Yo, perplejo, doy unos pasos hacia atrás y señalo hacia arriba, él me mira extrañado, me sigue y mira hacia arriba, en su rostro se suceden entonces la incredulidad, el miedo, el asombro y el alivio. Finalmente, con una sonrisa, me da las gracias y regresa dentro. Oigo que múltiples cerraduras se cierran, y segundos después, todas las luces de las ventanas empiezan a apagarse.
La fachada queda oscura y la historia termina. No me atrevo a insistir.
Nunca voy a bajarme, ni al amanecer ni al regreso, seguiré preguntándole a los pasajeros, con la certeza de que algún día recibiré una respuesta trivial y suficiente; o ni siquiera eso.
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