Desde Dimeder

Dibujo frases en el aire y, ocasionalmente, las escribo

Cuando cae el silencio

Posted on | mayo 24, 2011 | No Comments

Yo solía ver las voces de los dioses en todas las cosas; ahora las puertas están cerradas. Los dioses dejaron de hablarme, pero sé que siguen cerca, del otro lado de la realidad.

Empecé a ver sus voces en las cosas que me rodeaban, podía ser en un huerto o en las rugosidades aleatorias de una pared. Los sentía, casi como si deambularan por mi cerebro con pasos volátiles, pero obvios y vívidos. Los dioses me hablaron muchas veces. Empecé a buscarlos, logré deshacerme de los rigores de la sociedad. Fui libre. Caminé sin posesiones, como un monje, interpretando sus presencias y sus voluntades. Comí del suelo, detrás de basureros, porque la realidad ya no me resultaba necesaria. Hasta que mi familia me encontró, y desperté en este lugar de oprobio.

Me encerraron durante los primeros días. Estuve amarrado en una cama, con inyecciones en la madrugada, ahí fue cuando empezaron las pesadillas. Batas blancas que me arrastraban en la noche por una calle desierta. Yo iba desnudo.

Ahora me dejan estar en la sala común, y me exigen que participe en conversaciones públicas, al principio les hablé de lo que había aprendido en mis viajes; pero los médicos me respondían con preguntas absurdas, totalmente irrelevantes. Luego de cada reunión, cambiaban los colores de las pastillas. Desde entonces guardo silencio, y si me exigen hablar, entonces les cuento detalles de mi infancia, del perro asesinado por mi tío, o les hablo de las noches sin dormir, en la casa llena de ruidos. Así me gano sonrisas y múltiples anotaciones en sus libretas, y desde entonces, las pastillas no cambian de color.

Voy a escribir un evangelio secreto, antes de que olvide todo lo que aprendí, antes de que todos los recuerdos, todas las visiones, se desvanezcan en las pesadillas. Debo guardar el testimonio de los mensajes que logré descifrar, y de los mensajes que intenté enviarles. Lo escribo en mi cabeza, y no le puedo decir a nadie, porque entonces los médicos vendrían a diluirme con más pastillas.

Evito a los demás pacientes, les tengo miedo. Son impredecibles, me dicen cosas ridículas, y a veces esperan que les responda.

Llevo demasiado tiempo aquí, no he encontrado ninguna manera de escapar; mientras  no lo logre, tengo que esquivar al silencio, tengo que hacerle creer que sus pastillas funcionan, que sus lenguas esqueléticas están llenas de sentido en mi cabeza, que puedo ser uno de ellos.

A veces disfruto las medicinas. Sobre todo por la noche, hacen que las sábanas sean más agradables y frescas.

No logro terminar el primer capítulo de mi evangelio, no me acuerdo si los evangelios tienen capítulos. Mi memoria se seca, me están obligando a olvidar.

* * *

Anoche dormí sin pesadillas, por la mañana me felicitó un enfermero, no grité en toda la noche. El silencio empieza a inundarme, me deja insensible, me estoy convirtiendo en un fantasma.

Lloro todos los días. Estoy perdiendo la guerra.

Ayer vino mi madre, estuvo un rato, me preguntó por la comida, si me tratan bien, si estoy cómodo; le dije que sí, me quejé de la comida, y le agradecí el flan. Se veía contenta. Luego el doctor me dijo algo amable que olvidé.

* * *

Lo único que me queda es este rincón al atardecer, donde puedo recordar las emociones de mis descubrimientos en aquella época, cuando la que vivía en la frontera de la realidad, y las manos divinas llegaban hasta mi, rodeándome con huellas elocuentes.

Mañana me darán el alta. Escribí mi evangelio, en mi mente; pero lo olvidé. Ahora soy uno de ellos, solitario y lleno de metáforas. Seguiré escribiendo, como hacía antes, cuentos y fantasía; aunque no sé si mi familia estará de acuerdo.

Comments

Leave a Reply